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La tolerancia es la virtud que hace posible la paz

 No comparto lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tú derecho a decirlo.

 Voltaire.

 

Frente a la intensificación de la violencia, el terrorismo, la xenofobia, el nacionalismo agresivo, el racismo, el antisemitismo, la exclusión, la marginación y discriminación perpetrados contra minorías nacionales, étnicas, religiosas y lingüísticas, refugiados, trabajadores emigrantes, inmigrantes y grupos vulnerables de la sociedad, no hay otra lucha posible que el método pacífico que proponen los principios de los Derechos Humanos: el de la tolerancia.

Gracias a la tolerancia, que implica el reconocimiento de las diferencias del otro, sin desdibujar las propias, la aceptación de la existencia de diversas y opuestas formas de pensar, creer, ver y entender el mundo, es posible la paz y el progreso económico y social de todos los pueblos.

Este principio ha sido recogido y presentado en gran cantidad de instrumentos jurídicos, cartas sobre derechos humanos, declaraciones y constituciones, pero, el medio ideal donde la tolerancia logra sus fines es en los sistemas donde existe el respeto a los derechos humanos. La democracia, en efecto, es el sistema político más propicio para desarrollarla en toda su extensión.

El 12 de diciembre de 1996, la Asamblea General declaró el 16 de noviembre de cada año como Día Internacional para la Tolerancia. Esta decisión fue tomada luego de la celebración en 1995 del Año de las Naciones Unidas para la Tolerancia, proclamado por la Asamblea a iniciativa de la Conferencia General de la UNESCO.

El llamado “a practicar la tolerancia” fue incorporado en la Carta hace 70 años para que formara parte de la identidad de las Naciones Unidas.

El actual Secretario general de las Naciones Unidas dijo, a propósito de la conmemoración del Día de la Tolerancia de 2015, que las personas están más conectadas, pero ello no significa que exista un mayor entendimiento. “Pueden encontrarse tensiones sectoriales en la raíz de muchos conflictos en razón del aumento del extremismo violento, las violaciones de derechos humanos a gran escala y la depuración cultural. Además, la mayor crisis de desplazamientos forzados desde la Segunda Guerra Mundial ha engendrado odio y xenofobia contra los refugiados y otras personas”, dijo.

En realidad, la tolerancia es mucho más que la aceptación pasiva del “otro”. Promover la tolerancia pasa por la obligación de actuar, y en ese sentido la tolerancia debe fomentarse, enseñarse, alimentarse y defenderse. La tolerancia exige que los Estados inviertan en educación, y construyan sociedades fundadas en el respeto de los derechos humanos, en las que el miedo, la desconfianza y la marginación sean sustituidas por el pluralismo, la participación y el respeto de las diferencias.

De allí que los expertos señalen que luchar contra la intolerancia exige el establecimiento de un marco legal. Los Gobiernos deben aplicar las leyes sobre derechos humanos, prohibir los crímenes y las discriminaciones contra las minorías. El Estado debe garantizar un acceso igualitario a los tribunales de justicia.

La intolerancia nace a menudo de la ignorancia y del miedo a lo diferente, a lo desconocido. También del sentido exagerado del valor de lo propio y de un orgullo personal, religioso o nacional, exacerbado. Por eso es tan importante y necesario poner énfasis en la educación y enseñar la tolerancia y los derechos humanos en la escuela, en la familia, en el lugar de trabajo, en el entrenamiento de las fuerzas del orden, en el ámbito cultural y en los medios sociales.

La intolerancia en la sociedad es la suma de las intolerancias individuales de todos sus miembros. La intolerancia religiosa, los estereotipos, los insultos y las bromas raciales son ejemplos de intolerancia que se viven en lo cotidiano, Todos, en algún momento, debemos preguntarnos: ¿soy una persona tolerante? ¿Juzgo a los otros con estereotipos? ¿Rechazo a los que me parecen diferentes?

En todo caso, ante una escalada de intolerancia, los gobiernos o las instituciones no pueden actuar solos. Todos formamos parte de la solución y tenemos una enorme fuerza a la hora de enfrentarnos a la intolerancia. La no-violencia puede ser una herramienta muy efectiva para confrontar un problema, crear un movimiento, demostrar solidaridad con las víctimas de la intolerancia o desacreditar la propaganda fomentada por el odio.

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