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La no violencia exige más coraje que la violencia

Así como la fuerza de la gravedad sostiene en su lugar a todo en el universo físico, regula su movimiento y mantiene su naturaleza cinética, el poder de la no violencia actúa como una fuerza cohesiva en la vida humana, organiza y guía las relaciones humanas con la menor fricción posible. De esta manera, adquiere las dimensiones de una ley que es el equivalente moral de la ley de la gravedad en la naturaleza física.

Así, de alguna manera, describió Mahatma Gandhi, pionero de la filosofía y la estrategia de la no violencia, el principio de la resistencia activa cuya aplicación social independizó a la India, del colonialismo inglés. Gandhi le enseñó al pueblo de India cómo asumir el poder sobre el Imperio Británico bajo los métodos de la no-cooperación, desobediencia civil, uso de la fuerza de la verdad. No había prisa en lograr lo que el país quería, sino hasta que el pueblo estuviese totalmente preparado.

Su legado ha sido aplicado en muchas comunidades oprimidas del mundo. Desde Martin Luther King por los derechos civiles de la población negra en Estados Unidos, hasta Aung San Suu Kyi en su lucha contra la dictadura camboyana, pasando por la de Nelson Mandela en Suráfrica. Pero, sobre todo, el mundo le debe a Gandhi su idea de que la civilización consiste en superar la cínica convicción de que este mundo sólo se rige por las relaciones de fuerza.

De allí que las Naciones Unidas asumiera cada 2 de octubre, aniversario del nacimiento de Mahatma Gandhi, como el Día Internacional de la No Violencia, la ocasión perfecta para “diseminar el mensaje de la no violencia, incluso a través de la educación y la conciencia pública”.

Con la resolución se reafirma la relevancia universal del principio de la no violencia y el deseo de conseguir una cultura de paz, tolerancia, comprensión y no violencia.

Gandhi fue pionero de la paz y propulsor de la lucha ahimsa, término sánscrito que alude al respeto a la vida y a la no violencia. La resistencia activa que promovió el líder de la India es la acción contra la injusticia extendida en las sociedades: no contra el injusto, a quien se le debe respetar y no humillar, decía Gandhi y para quien el éxito radicaba en el momento en el que el violento claudicara y se hiciera luchador de la misma causa. Gandhi creía que la no violencia exige más coraje que la violencia.

¿Por qué luchar contra la injusticia y la mentira? Se preguntó Gandhi muchas veces, porque ambas son causas reales de la violencia, concluía. Sus reflexiones también apuntaban a la idea de que no se destruye la violencia encarcelando a los violentos, sino buscando la causa de la violencia. Aunque un sistema social injusto produce reacciones violentas. La lucha, por consiguiente, se dirige a la causa: la violencia directa.

Los teóricos que han estudiado a Gandhi han concluido en que la no-violencia activa no requiere de ejércitos ni de policías, es una acción ciudadana, especialmente de los más pobres. Lo que distinguió a Gandhi de los demás críticos de la cultura occidental fue su entendimiento de la violencia como la fuerza más peligrosa y portentosa arraigada en la cultura occidental moderna.

Y por lo tanto, como un profeta, advirtió a la humanidad que fuera cautelosa con ella. Gandhi previó el dominio inminente de la violencia que, según él, era el producto inevitable de la civilización moderna. Por ello exhortó a la humanidad a aplicar, de manera consciente, el principio de la no violencia en el centro mismo de su ser y su existencia y formuló el aforismo: “La verdad es el fin y la no violencia, el medio”. (Gandhi, 1936).

La contribución de Gandhi no fue solamente convertir la no violencia en una gran fuerza espiritual y moral practicándola en su pensamiento, palabra y obra. Para él, la no violencia no era una virtud hermética. Hizo de ella el principio organizador central de todas sus actividades sociales, económicas y políticas.

Gandhi creía que la no violencia, por ser la fuerza del alma o del amor, se podía aplicar de manera universal. Se podía utilizar para resolver cualquier tipo de disputa o conflicto, incluso para destituir a un regímenes autoritarios o para resolver el problema de la discriminación racial.

Venezuela, en este momento, parece estar lejos de estos principios. Con una tasa de 91,8 muertes violentas por cada cien mil habitantes, Venezuela se ubica en el segundo lugar de los países con mayor violencia letal en el mundo. El primer lugar lo ocupa El Salvador, con una tasa de alrededor de los 100 homicidios por cien mil habitantes (el año pasado fue de 103); y en tercer lugar se sitúa Honduras, con una tasa cercana a los 60 homicidios por cien mil habitantes (el año pasado fue de 56), de acuerdo con el Observatorio Venezolano de Violencia.

Las estimaciones indican que Venezuela pudiera tener una tasa de muertes letales 3,6 veces mayor que las de Colombia y Brasil. Colombia continúa su proceso de disminución de los homicidios, y con una tasa de 25,3 al finalizar este año, igualaría a la tasa de 25,1 que ha venido presentando Brasil.

Esta tasa de homicidios da cuenta de la imposibilidad que tenemos como sociedad para la resolución de conflictos desde la no violencia.

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