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La lucha de las madres por los Derechos Humanos

Hilda Páez, madre de Richard Páez, asesinado a los 17 años, durante los hechos del Caracazo, asegura hoy que la lucha por la justicia, que inició 29 años atrás, se mantiene porque las violaciones a los derechos humanos no han cesado.

Rosa Jacinta Castro, madre de Fidel Romero, desaparecido durante el Caracazo, nunca renunció a la idea de enterrar a su hijo y de saber por qué fue asesinado.

María Bravo, madre de Julio César Armas, asesinado en mayo de 2015, en Caracas, por una presunta comisión policial, no desiste en su propósito de encontrar justicia.  “COFAVIC me abrió los ojos y me enseñó qué camino seguir”.

Glory Tovar, madre de Darwin Gabriel Rojas Tovar y Carlos Jampier Castro Tovar, ambos asesinados durante una incursión policial en su casa, aboga por la justicia porque solo desea limpiar el nombre de sus dos y únicos hijos varones.

Aracelys Sánchez, madre de Darwilson Sequera, asesinado por una presunta comisión del Cicpc, recluta a otras madres que, como ella, perdieron a sus hijos y las impulsa a organizarse y a luchar.

Las historias de ellas y de otras madres están signadas por el dolor, pero también por la entereza y la voluntad de no desmayar en sus propósitos de saber la verdad y honrar la memoria de sus hijos asesinados.

Sus historias son ejemplo de lucha y de constancia y todas, desde sus posibilidades, se han movilizado para combatir la impunidad, y para desmontar la historia oficial y falseada que marcó la vida de sus hijos.

El psiquiatra Jorge Buitrago (2007), en su artículo “De víctimas a actores sociales: el rol de los familiares en la superación de la impunidad”, concluye que la voz colectiva de las víctimas puede potenciar una suma de voluntades hasta convertirse en organización y cada tarea ejecutada se perfila como un ejercicio participativo de ciudadanía, destinado a cuestionar la arbitrariedad y a reforzar la búsqueda de una sociedad más humana.

Vale la pena mencionar, entonces, que gran parte del esfuerzo organizativo de COFAVIC recayó, hace 29 años, en mujeres, muchas de ellas madres, motivadas por la necesidad de exigir el establecimiento de la verdad, la justicia y la reparación en casos de ejecuciones extrajudiciales, desaparición forzada de personas, en rechazo a prácticas de tortura y detenciones arbitrarias, así como a favor del apoyo a víctimas de violencia de género.

Y a lo largo de 29 años, COFAVIC ha acompañado a otras mujeres en la conformación de comités de víctimas en varios estados del país y desde allí han trabajado para canalizar sus demandas y ejercer su legítimo derecho a luchar contra la impunidad y el olvido.

Estas organizaciones han permitido que las víctimas de violencia se hayan hecho visibles, que su experiencia forme parte de una realidad social y que intervengan e influencien el espacio político.

Su organización y presencia en la escena pública es un recordatorio permanente contra los victimarios y contra la ineficiencia de un Estado que no garantiza los derechos fundamentales a sus ciudadanos.  Las víctimas son un reflejo de la compleja realidad de Venezuela y cada historia personal es una voz que se proyecta por otras.

Así, poco a poco, las organizaciones de víctimas han encontrado nuevas formas de practicar la ciudadanía a través de procesos innovadores de organización colectiva y de participación.

No es fácil, pero decenas de mujeres han decidido transitar ese sendero. El largo y extenuante camino para alcanzar la justicia demanda una fortaleza que convierte a las víctimas en actores sociales; esto es, en líderes de una lucha que servirá de inspiración e impulso a toda la sociedad y que les dará acceso a las instancias nacionales e internacionales, en busca de las reparaciones que reconozcan su dignidad humana y les permitan retomar y reconstruir el proyecto de vida que se vio afectado por las violaciones a los derechos humanos que sufrieron.

Las víctimas y familiares de víctimas que se encuentran en COFAVIC llegan a sentir que no están solas, que pertenecen a un universo común y que están hermanadas por el dolor, pero también por la valentía de luchar, aun en las circunstancias más adversas. Eso les ha permitido sentir que tienen soporte, un apoyo que los guía hacia la reparación; y entender que el duelo, aunque es un proceso doloroso, no tienen que hacerlo solas.

Algunas veces sentirán que enfrentan el peor momento de la vida, otras se sorprenderán con una repentina manifestación de fe. Lo importante es reconocer su humanidad, su vulnerabilidad y también su valentía.

A ellas, a las mujeres valientes, a las madres que perdieron a sus hijos, dedicamos la columna de hoy. Ellas, que han hecho que su voz y su fuerza sea escuchada por la sociedad entera. Ellas que son el motor que lucha contra la impunidad de los perpetradores, ellas que son la fuerza que impide sostener la historia oficial y falseada.

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